Capítulo 13: Al crepúsculo.
El crepúsculo apenas teñía de dorado las cornisas de Astraria cuando Kallias inclinó la pluma sobre el pergamino. La tinta, oscura y firme, trazaba cada palabras con toque reverencial. Su caligrafía era pulcra, solemne, como si cada letra cargara el peso de su sangre y de su nombre.
Las frases corrían con una cadencia íntima, llevando en ellas un pedazo de su tierra y de sí mismo. No hablaba de política ni de alianzas, sino de nostalgia: de los cielos abiertos de Graland, del viento que olía a resina, de las montañas nevadas que aún en primavera guardaban hielo en sus entrañas. Con cada palabra sentía la punzada de la distancia, como si el pergamino absorbiera no tinta, sino su propia melancolía.
Cuando terminó, alzó el sello de su anillo y lo presionó con firmeza contra la cera roja. El aroma dulce y espeso del lacre se mezcló con el de las flores que entraba por la ventana entreabierta. Kallias sostuvo el sobre por un instante entre los dedos, mirándolo como quien mira algo frágil y