Naya contuvo el aliento al entrar al salón del trono. Su padre estaba sentado con las piernas cruzadas mientras tamborileaba con fuerza los dedos sobre el brazo del trono. Tenía una expresión agria en el rostro. Naya sabía perfectamente que estaba furioso. Su madre estaba sentada a su lado, intentando calmarlo.
—Padre —lo llamó, acercándose—. Lo siento.
—Me pusiste en vergüenza, Naya. Me hiciste quedar como un tonto delante de todos. ¿Cómo pudiste afirmar que un lobo sin clase es tu mate? —le e