LXXIV

Desperté después de una noche larga pero sumamente necesaria junto a los gemelos, encontrándome en una cama vacía, aunque no del todo. Lo primero que divisé al abrir los ojos fue una cabellera de fuego y la sonrisa de Aly. Sentada al borde de la cama, apoyaba la barbilla en sus manos.

—Um, ¿cuánto tiempo llevas aquí? —gruñí, mi voz áspera por el sueño.

—Oh, alrededor de media hora, más o menos. —Encogió los hombros, apartando algunos mechones de cabello de su frente.

A medida que mis sentidos s
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