Destinada a amar a mi verdugo, Alfa
Destinada a amar a mi verdugo, Alfa
Por: MIKEYLAHM
Prólogo

A los veinte años, su linaje se convirtió en su sentencia. Su familia la obligó a comprometerse con un Alfa que no conocía: un heredero mimado cuyo aroma a arrogancia solo servía para humillar a los demás. Para él, las mujeres eran simples pasatiempos, juguetes para calmar su celo; cada día una fragancia nueva se pegaba a su piel, un caos de feromonas que su familia decidió ignorar.

A los Carpiette solo les importaba la alianza comercial. Trajeron de vuelta a su "hija perdida" aquella que enviaron al campo para ocultar su presencia como Omega dominante ante la alta sociedad, y la usaron como moneda de cambio. Ya lo habían hecho con su hija adoptiva y el éxito financiero silenció cualquier rastro de ética.

¿Quién era ella? Para el mundo, Larissa Carpiette; para su corazón, Blanca Elizabeth Díaz. Una joven que conoció la verdadera libertad en  una pequeña aldea, criada por una mujer beta que, sin compartir su sangre, le dio el refugio que su casta le negaba. Vivían en paz hasta que los Carpiette rastrearon su feromona inconfundible y la "convencieron" de volver usando la salud de su abuela como correa de sumisión.

La vida simple se extinguió. Ahora, Larissa estaba atrapada entre etiquetas rígidas, supresores y "medicación" que la mantenían aletargada. Los golpes y amenazas de su familia habían quebrado su espíritu, convirtiéndola en una Omega insegura, una "campesina" a ojos de la élite que solo buscaba trepar, o al menos eso decían las malas lenguas mientras la maltrataban.

Todo estalló el día del compromiso. Julián Mondragón entró al salón, pero no buscaba a su prometida. Venía de la mano con una joven omega que temblaba, cuyo aroma a Omega encinta era imposible de ocultar incluso para los Betas presentes.

El caos fue instantáneo. Los padres del novio estaban histéricos; su único hijo, un Alfa de linaje puro, los estaba humillando por una "nadie". Pero para Larissa, ese aroma a escándalo fue su aire más puro. Era la grieta en el muro que necesitaba, esa pequeña luz para alumbrar su oscuro camino

Antes de que el ambiente se tornara violento, Larissa se levantó. Con una calma que desconcertó a los Alfas y omegas presentes, tomó a la joven de la mano y la sentó en su lugar de honor. Le entregó el ramo y el velo que su suegra le había impuesto como una marca de propiedad. Con un asentimiento final, salió del salón. Su abuela había muerto, y con ella, el último instinto de compasión que la ataba a esa gente.

Al cruzar el umbral de la mansión Mondragón, el aire frío golpeó su rostro, pero no fue el clima lo que la detuvo. Fue un aroma. Uno que reconoció antes de verlo, una frecuencia que hizo vibrar su propia naturaleza tras años de silencio.

Tropezó con él. Nathan Dubios.

Hacía años que no lo veía. Había intentado convencerse de que el tiempo había borrado su conexión, pero al tenerlo cerca, su instinto de Omega gritó la verdad: se había estado mintiendo. Nathan era su cruz, su lazo no reclamado, y ella ya no tenía fuerzas para cargarlo. Se juró que lo alejaría, pero en el mundo real, la voluntad rara vez vence a la sangre.

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