Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a las palabras de Nathan en la suite médica no era un vacío, era una entidad física. El aire estaba saturado con el olor punzante del antiséptico y la estática eléctrica que desprendía la furia de Rousse. Ella miraba a su hermano como se mira a un extraño, a un hombre que había reemplazado su corazón por una pieza de relojería gélida y perfecta. Ya no existía el hermano menor de sus recuerdos, aquel que, aunque reservado, guardaba un rastro de calidez. Frente a ella solo quedaba el Verdugo.
—No eres humano...
repitió Rousse en un susurro quebrado, abrazándose a sí misma para contener el temblor que recorría su espina dorsal. Su instinto de Alfa detectaba en Nathan algo que iba más allá de la dominación: era una ausencia total de empatía que helaba la sangre.
Nathan no respondió. Su rostro era una máscara de mármol. Se limitó a ajustar su reloj de pulsera con una parsimonia irritante, volviendo a su fachada de control absoluto. Pero antes de que el conflicto entre los hermanos escalara, un sonido casi imperceptible rompió la tensión del cuarto.
No fue un grito. Fue un suspiro.
Un sonido pequeño, húmedo y sibilante que emergió de la garganta de Larissa.
Ambos se congelaron. Rousse se lanzó hacia el borde del colchón, conteniendo la respiración, mientras Nathan, aunque permaneció en las sombras, se tensó de tal forma que parecía una estatua a punto de resquebrajarse. La mano de Larissa, esa mano que había estado tan inmóvil como la cera durante quince días, tuvo un espasmo. Sus dedos rozaron la sábana, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse en la oscuridad de su coma.
—Larissa...
el nombre salió de Rousse como una plegaria.
Entonces, los párpados de la joven temblaron. Sus pestañas se agitaron con un esfuerzo sobrehumano. Por un breve segundo, una fina línea de color iris se asomó, perdida y nublada por los restos de los químicos, antes de cerrarse de nuevo. Pero el monitor cardíaco confirmó el milagro: el ritmo saltó, acelerándose en un pip-pip-pip frenético que inundó la habitación de esperanza.
Rousse sollozó, tapándose la boca.
—Está volviendo. Nathan, su aroma... está cambiando. Está volviendo a nosotros.
Nathan no se acercó. Se quedó en el umbral, pero sus ojos no se apartaron de la mano de la Omega. Por primera vez en años, su mandíbula se apretó no por odio, sino por una emoción que amenazaba con derribar sus muros.
—No
corrigió él, y su voz tuvo un leve quiebre
— No está volviendo. Está despertando para ver cómo el mundo de los Mondragón y los Carpiette arde hasta los cimientos.
Se dio la vuelta y salió de la habitación antes de que Rousse pudiera notar que sus propios dedos temblaban. Larissa había dado la señal de vida, y ahora Nathan tenía una razón sagrada para no tener piedad. El aire en el hospital cambió; ya no olía a muerte estancada, sino a la capa de ozono que precede a un rayo devastador.
Dentro de la mente de Larissa, las cadenas químicas no se rompieron, pero empezaron a oxidarse bajo el calor de su propia voluntad. El ruido del monitor cardíaco ya no era un eco lejano; era un tambor de guerra que la llamaba a la superficie. El dolor físico regresó como una ola de ácido, recordándole que tenía un cuerpo, que tenía heridas, que su casta Omega estaba gritando por protección.
Entre la niebla del dolor, un sentimiento logró cruzar la frontera: el miedo. No era un miedo que la paralizaba, sino el instinto primario de la presa que sabe que el cazador está cerca. Sus dedos se cerraron sobre la mano de Rousse con una fuerza inesperada. Sus labios, agrietados por la deshidratación, dejaron escapar una sola palabra en un aliento *p*n*s audible:
—...Correr.
El sonido de esa palabra quedó suspendido en el aire como una sentencia de muerte. Rousse se inclinó tanto que su frente rozó la de Larissa, tratando de envolverla en su propio aroma de Alfa protectora para calmarla.
—Ya no tienes que correr, pequeña. Estás bajo mi protección. Estás a salvo
susurró Rousse, su voz era un hilo de seda tratando de calmar a un animal herido.
Los ojos de Larissa se abrieron por completo. Fue un despertar violento. Sus pupilas se dilataron, saltando de un lado a otro de la habitación, desconectadas de la realidad hasta que enfocaron el rostro de Rousse. El reconocimiento tardó unos segundos en llegar, y cuando lo hizo, vino acompañado de un sollozo que le desgarró el pecho.
—Señora Roux...
la voz de Larissa era apenas un rasguño, una sombra de lo que fue
— Me... me dolía tanto. El frío de los supresores... no paraba. Sentía que moría lentamente.
—Lo sé, corazón, lo sé. Pero ya pasó.
Rousse le acarició el cabello con una ternura infinita, ignorando que sus propias lágrimas mojaban las sábanas
— Nathan se está encargando de todo. Nadie volverá a tocarte, ni a inyectarte esas porquerías. Eres libre.
Larissa cerró los ojos con fuerza, apretando la mano de Rousse como si fuera su único vínculo con la existencia. Pero un nombre, un espectro, seguía acechando su mente.
—No dejes que me encuentren. No dejes que Julián regrese... Su aroma... me da náuseas. Siento que aún tiene la llave de mi celda.
Rousse sintió un escalofrío. La mención del nombre de Julián fue como inyectar veneno puro en la habitación.
—Él no regresará, Larissa. Te lo juro por mi linaje. En este momento, desearía estar en tu lugar antes que en el suyo. Porque lo que Nathan le está haciendo... es un destino mucho peor que la muerte.







