Fabio Campos caminaba de un lado al otro en la gran habitación de hospital en la que se encontraba. La noche anterior había recibido una llamada que le indicaba que ese mismo día podría, por fin, conocer a su hija y eso le causaba demasiada ansiedad y algo de preocupación. No estaba seguro de la manera en la que sería recibido por ella. En realidad, estaba aterrado, no estaba seguro de si ella lo aceptaría, si no le reprocharía por dejarla sola, si no lo culparía por todo el dolor que su madre