Amanda permaneció inmóvil frente al hombre que acababa de girar el sillón. Durante unos segundos no consiguió pronunciar palabra alguna, no porque lo reconociera, sino precisamente porque no lo reconocía en absoluto. El hombre era mayor, de presencia imponente y mirada profunda, con unas facciones que transmitían una autoridad extraña, casi antigua. Había algo en sus ojos que provocaba una sensación difícil de explicar, como si estuviera observándola desde mucho antes de aquella mañana.
Amanda