Quince minutos.
Eso era todo lo que faltaba para que Jared Davenport regresara al Pent-house con las rosas que había comprado para Amanda, la caja de chocolates descansando cuidadosamente junto al ramo y aquella pequeña libreta escondida en el bolsillo interior de su chaqueta. Quince minutos para que pudiera entregarle algo que jamás había entregado a ninguna mujer: una parte de sí mismo escrita con palabras que no podía retirar después. El Rolls-Royce avanzaba por una de las avenidas principal