El sonido de la puerta cerrándose resonó por el apartamento silencioso, seguido del golpe metálico de las llaves arrojadas sobre la mesa de mármol del salón. Ethan estaba apoyado contra la puerta, el pecho agitado, las manos aún temblorosas de rabia y de un deseo mal resuelto. Helen giró lentamente sobre sí misma, con los ojos embriagados de alcohol y de una provocación que rozaba la locura.
La luz de la lámpara dorada iluminaba sus curvas, el vestido ajustado, la abertura que subía peligrosame