La habitación estaba en silencio, pero llena de recuerdos. La lámpara emitía una luz suave, y el aroma del té de manzanilla aún flotaba en el aire. Helen se sentó en el sillón de lactancia, con una manta ligera sobre las piernas. Ethan estaba de pie, apoyado en el marco de la puerta, observando cada detalle de aquel espacio sagrado: la cuna montada con esmero, los peluches alineados en las estanterías, la plaquita con el nombre “David” en madera clara.
El silencio entre ellos era denso, pero no