La sala de reuniones de la comisaría parecía respirar tensión. El aire, denso e inmóvil, cargaba ese tipo de silencio que precede revelaciones capaces de cambiar el rumbo de una vida… o de varias. La luz fría del techo iluminaba los rostros tensos de tres hombres que conocían el infierno de cerca: Ethan Carter, de semblante cerrado y ojos atentos; Liam Owen, más retraído, pero con la mandíbula apretada por la preocupación; y James Foster, cuya expresión oscilaba entre la culpa y la incredulidad