Palabras de consuelo...
El eco del portazo de Miguel todavía resonaba en la mansión cuando Liliana se dejó caer sobre el sofá.
Sus manos temblaban ligeramente, todavía con el calor de la taza de té que Dominic había tomado de sus dedos. La casa, que hasta hacía unas horas le parecía cálida y acogedora, ahora parecía demasiado grande, demasiado silenciosa. Cada sombra parecía moverse con intencionalidad, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
Dominic permanecía de pie junto a la ventana del salón.