La noche no avanzaba.
Se arrastraba.
Pesada.
Densa.
Como si cada segundo dentro de la casa tuviera más peso que el anterior.
Ella no podía dormir.
Había intentado.
Se había acostado.
Había cerrado los ojos.
Había tratado de ordenar sus pensamientos.
Pero todo volvía al mismo lugar.
A la misma escena.
A la misma voz.
A la misma mirada.
Se giró en la cama por tercera vez.
La sábana rozó su piel, fría al principio, pero enseguida cálida por su propio cuerpo inquieto. El aroma suave del detergente