El amanecer comenzaba a pintar la cordillera.
El cielo, aún oscuro en algunos puntos, se teñía lentamente de tonos azulados y dorados. Las montañas se elevaban gigantescas, silenciosas, cubiertas por un aire frío que parecía cortar la respiración. La carretera descendía lentamente hacia territorio chileno, serpenteando entre rocas, nieve y niebla baja que se arrastraba por los bordes del camino.
El autobús avanzaba.
Dentro, los pasajeros comenzaban a despertar.
Algunos estiraban los brazos.
Otr