La luz de la mañana entró por la ventana como un ladrón silencioso, pintando de oro las sábanas revueltas. Luisa abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de un brazo alrededor de su cintura. El calor de un cuerpo pegando a su espalda. La respiración acompasada de él, justo detrás de su nuca.
No había huido.
Erick seguía allí.
Su corazón dio un vuelco. La noche anterior regresó a su memoria en fragmentos: el bar, el vino, el baile, la discusión, el beso. Y luego... todo lo demás. Sus manos r