El auto avanzaba en silencio por la carretera que alejaba el aeropuerto.
Dentro, el ambiente era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Ana miraba por la ventana, observando cómo los árboles y edificios pasaban como manchas borrosas. Cristóbal mantenía la vista al frente, las manos firmes en el volante, la mandíbula apretada.
Ninguno hablaba.
Las palabras de la mañana aún resonaban entre ellos como ecos de una batalla reciente. "Me das asco". "Un toro salvaje". "Pagabas para que una muje