Ivy
La calma no es más que una mentira. Una caricia antes de la tormenta. Lo siento en sus miradas, en la tensión de sus cuerpos. Este desayuno tierno no era más que un preludio. La verdadera fiesta soy yo.
Lyam es el primero en moverse. Sus dedos se cierran sobre mi tobillo y, con un tirón seco, me atrae hacia él. Un grito se me escapa, sorprendida, excitada.
Lyam (voz ronca)
— Basta de esperar. Ahora… te tomamos.
Ya no piden. Reclaman. Exigen. Y ya no quiero negarles nada.
Kael arranca la sáb