La noche empezaba a caer cuando el taxi se detuvo frente a la entrada de la mansión. Pagué y bajé con paso cansado. Durante todo el viaje de vuelta, mi mente no había dejado de dar vueltas. La oferta de Sebastián aún resonaba en mi cabeza, alternándose con las palabras de León prohibiéndome verlos.
Entré en la casa. Las luces de la sala aún estaban encendidas. León estaba sentado en el sofá principal, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su rostro era inexpresivo—ni enfadado, ni preocupado,