Hasta la noche, Adrián y Sebastián no regresaron.
Ya había estado esperando. El sol se puso al final del valle, reemplazando la luz de la tarde con una oscuridad que se deslizaba lentamente por las rendijas de las ventanas. Oía el canto de un búho a lo lejos. El sonido del viento entre los pinos. Pero no había ningún ruido de coche acercándose.
León entró en la habitación con una bandeja de comida.
—No van a volver aquí —dijo León, dejando la bandeja en la mesilla de noche.
Lo miré. —¿Qué quier