Todavía estaba tendida, débil, en la cama cuando el teléfono de Adrián sonó. Su rostro cambió en cuanto vio el nombre que aparecía en la pantalla.
—¿Lucas? ¿Qué pasa? ¿Qué? ¿Fiebre? ¿Desde cuándo?
Oí una voz al otro lado, una voz de mujer, probablemente la niñera de Lucas, que sonaba en pánico.
—Bien. Voy para allá ahora mismo —dijo Adrián. Colgó y me miró con los ojos llenos de pesar—. Cariño, tengo que irme. A Lucas le dio fiebre de repente. La niñera dice que tiene 39 grados.
—Vete. Tu hijo