Sebastian sonrió en cuanto sus ojos se posaron en mí.
Esa sonrisa transformó por completo su rostro severo en algo cálido. Sus ojos de un avellana oscuro se entrecerraron de manera amable. Las arrugas de su frente que lo hacían parecer siempre enfadado desaparecieron.
—Buenos días, Ana. ¿Ya estás lista? Vine para llevarte a hacer ejercicio.
Lo había olvidado por completo.
—Sebastian, lo siento. Hoy no puedo.
La sonrisa de Sebastian se desvaneció un poco. —¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Tengo que ir con