León pidió perdón por segunda vez.
Todavía estaba de espaldas a él, con la espalda tensa, los puños apretados contra el costado del cuerpo. Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas, no las sequé. Que viera lo que había hecho.
Pero entonces soltó una risa, como si acabara de decir algo gracioso.
—Por Dios —dijo desde detrás de mí, su voz llena de sarcasmo—. Me disculpo, ¿y ni siquiera puedes mirarme? ¿Acaso tengo que arrodillarme primero?
Me di la vuelta.
León estaba con las manos en los