El documento que había escrito esa madrugada tenía veintisiete páginas cuando lo imprimí.
Lo leí tres veces en el despacho, con el café de la mañana y los niños ya en el colegio y el apartamento en la quietud específica de las horas de trabajo. Lo leí como si lo hubiera escrito otra persona. Como si fuera un informe sobre alguien a quien yo conocía bien pero sobre quien necesitaba tener distancia para ver con claridad.
Lo que veía no era simple.
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Los hechos eran estos:
Harold McKenzie habí