Después del silencio, Nicolás se disculpó de manera torpe:
—Diana, cometí un grave error. No debí involucrarme con otra mujer. Ya hice que Mariana abortara y la eché. Por favor, ¿podrías perdonarme?
—¡Haré lo que sea, solo no me abandones!
Suplicaba desesperado, mientras Diana permanecía tranquila.
Sonrió suavemente y respondió:
—Está bien, te perdono.
Esta respuesta inesperada casi marea a Nicolás.
—¿En serio? —preguntó una y otra vez, sin comprender el verdadero significado de sus palabras.
—J