— ¡Diana! —gritó Nicolás, despertándose alterado, aun pronunciando su nombre.
Tomás, con el rostro sombrío, permanecía de pie junto a la cama.
— Nicolás, desde hoy vas a concentrarte en trabajar y cuidar tu salud. ¡Ni se te ocurra buscar a Diana! —pronunció con severidad.
— Cof cof—Nicolás tosió con fuerza, su voz angustiada—. ¿Por qué?
— Ella es mi esposa. No he firmado los papeles del divorcio, así que técnicamente seguimos casados. Si me mantengo firme y soy sincero, ella terminará perdonándo