Deseperado quiso hacer pedazos los papeles del divorcio, pero entonces se dio cuenta: quizás era lo último que quedaba de ella. Si los destruía, perdería incluso esta última señal.
Una y otra vez, sus dedos dibujaron el nombre de Diana, sus ojos llenos de melancolía.
—Diana, fue mi error, no debí tener otra mujer. ¡Solo te amo a ti!
—Puedes golpearme, insultarme, lo que sea, pero por favor no te alejes de mí.
—No puedo vivir sin ti, Diana...
Repitió sus disculpas innumerables veces hasta quedar