Una foto de una cama desordenada apareció ante los ojos de Nicolás, quien sintió que la ira le hacía hervir la sangre:
—Así que... ¡fuiste tú!
Su voz era aterradora, su presencia tan intimidante que le cortaba la respiración. Escribió rápidamente:
—Mariana, recuerdo haberte advertido que Diana no debía enterarse de lo nuestro.
Al leer el mensaje, Mariana soltó una risita arrogante y llamó para provocarlo:
—Diana, ¿desde cuándo sabes imitar tan bien el tono de Nicolás?
—Si yo fuera tú, ya habría