El agua fría seguía cayendo, y ella temblaba sin cesar. Las voces despectivas y burlonas en sus oídos no hicieron más que encender su furia, que ya no podía contener.
Agarró la muñeca de Ezequiel con fuerza y mordió uno de sus dedos en un instante. Mientras él retiraba la mano por el dolor, ella aprovechó la oportunidad para agarrar el cuello de su camisa y tirar de él, llevándolo bajo la ducha.
Ezequiel no esperaba que ella, que siempre se había contenido, se rebelara de repente. Su traje se em