El silencio en el salón era absoluto. Lucas había dejado de teclear. Sarah miraba el reloj de la pared. Eran las dos de la tarde. Faltaban tres horas para la hora de pago.
—¿Cuánto tenemos en efectivo? —preguntó Damián.
—Nada —dijo Leo, revisando la caja chica—. Gastamos todo en la gasolina de ayer. Estamos a cero.
Elena estaba sentada en el sofá, con la cabeza entre las manos. Se sentía culpable. Había prometido ser la protectora, la socia capitalista, y ahora era tan pobre como ellos.
—Es mi