—¡No! No la soltaré. ¡Ella no ha muerto, no puede estar muerta! —murmuraba una y otra vez, sin poder aceptar la triste realidad.
—Santiago, suéltala. En vida, todo lo que Aurora hizo fue por ustedes. ¿Ahora quieres que ni siquiera en la muerte pueda descansar en paz por tu culpa? —dijo enardecido Juan, acercándose lentamente. Su rostro estaba pálido, y sus ojos enrojecidos por las lágrimas contenidas.
—Juan, yo...
—Aurora no la tuvo fácil, Santiago. Déjala ir. Permítele estar tranquila, feliz al