Juan parecía haber perdido todo el control sobre sí mismo. Se desplomó con tristeza en el suelo, con los ojos vacíos, como si su alma hubiera sido arrancada.
—¡Somos culpables! ¡Ambos somos culpables! Y para evitar enfrentar nuestra culpa, lanzamos todo el peso de nuestros errores sobre una linda niña inocente.
El ambiente se tornó sepulcral. El aire pareció detenerse por un momento, y hasta mi hermano, que seguía en el suelo, no podía moverse, ni siquiera ante los intentos de papá por sacarlo d