Los ojos de mi hermano se abrieron estupefactos de par en par. Su rostro, ya pálido, se volvió aún más blanquecino, como si toda la sangre hubiera desaparecido. Apenas pudo mantenerse en pie, y papá lo sostuvo justo a tiempo para evitar que cayera.
—Santiago, por favor, regresa a la habitación y descansa —le suplicó papá una vez más.
—Papá, ¿quién es ella? ¿Qué está haciendo aquí? Esa persona tan egoísta, tan dura de corazón, ¿cómo es posible que ahora esté aquí, en este estado? —Su voz temblaba