La tensión en la sede corporativa de los Wellington era insoportable. Desde los ventanales del piso superior, la ciudad se extendía bajo un cielo gris, reflejando el clima interno de la familia. Sandro recorría el despacho de un lado a otro, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tensa. Cuando Cassandra cruzó el umbral de la puerta, él ni siquiera esperó a que se sentara.
—¿Se puede saber en qué estabas pensando? —espetó Sandro, deteniéndose frente a ella con los ojo