La luz del amanecer entraba floja por las cortinas de la cabaña. El ruido de la tormenta se había quedado en nada: un goteo flojo sobre el techo. En la chimenea solo quedaban brasas, pero Cassandra no tenía frío. Estaba atrapada en un calor pesado, de esos que dan seguridad. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el pecho desnudo de Sebastian.
Él respiraba despacio. Cassandra seguía pegada a su cuerpo, con las piernas enredadas y el brazo de él firme alrededor de su cintura; no la había solt