Samantha comenzó a moverse con incomodidad sobre el inmenso colchón. Sentía que la cabeza le daba vueltas. Al abrir los ojos con pesadez, se encontró rodeada de paredes desconocidas. El desconcierto la invadió de golpe, pero antes de que pudiera analizar la habitación, una figura se recortó en el umbral. Un hombre alto, de complexión fornida, tez blanca, cabello castaño desordenado y unos intensos ojos verdes la observaba con tranquilidad.
—Buenos días —saludó él, con voz grave—. No te había de