Esa mañana, Cassandra organizaba lo que llevaría al viaje con una molestia sorda. Lo peor no era el trayecto, sino tener que compartirlo con Sebastian. Mientras ella manejaba, él revisaba de reojo unos documentos de la propiedad rural que iban a inspeccionar; aunque fingía concentración, Cassandra podía sentir su mirada evaluándola a cada minuto. El ambiente dentro del auto se volvió denso y sofocante.
Al llegar, la inspección de los terrenos fue sorprendentemente rápida. Cassandra se movió con