El silencio en el despacho de Jordan era tan largo y profundo que no podía medirse. Marcus, apoyado sobre el escritorio, no apartaba la vista de él, esperando una respuesta que confirmara lo que ya decían los papeles forenses.
Finalmente, Jordan dejó escapar un suspiro largo y pesado. La lealtad lo ataba, pero la evidencia era innegable. Marcus no era un enemigo, y mentirle en este punto ya no tenía sentido.
—Sí, Marcus —confirmó Jordan, bajando la voz a un tono grave y confidencial—. Sebastian