Ella estaba tan enojada, pero no podía demostrarlo. Incluso en silencio, seguía intentando apagar los gritos en su cabeza. Acomodada en uno de los lujosos asientos de cuero, mantenía la mirada fija en la pequeña ventanilla. Abajo, las luces de la ciudad se iban haciendo cada vez más diminutas hasta desaparecer entre las nubes oscuras.
Sentía una opresión terrible en el pecho, una asfixia punzante, esa desesperante sensación de quedarse sin aire que oprime la garganta cuando la angustia es dema