Había transcurrido exactamente una semana desde aquella noche que lo cambió todo. Una semana de silencios pesados, de un exilio forzado y de cenizas que aún ardían en la memoria de los que se quedaron atrás.
Esa mañana, en la inmensa propiedad alquilada en Seattle, Samantha se acercó a Jordan. Llevaba el teléfono apretado en la mano y la mirada empañada por una tristeza profunda. No podía dejar de darle vueltas al asunto de Cassandra. Le dolía en el alma la forma en que su amiga simplemente se