En el despacho de la mansión, el ambiente estaba cargado de una satisfacción oscura. Alexander sostenía el teléfono contra su oreja, con la mirada fija en el ventanal, mientras Sandro se servía un trago de whisky con lentitud y una sonrisa afilada en los labios.
—Quiero confirmación absoluta, nada de suposiciones —exigió Alexander al auricular, su voz fría y cortante—. ¿Están seguros de que es él?
Al otro lado de la línea, el jefe de los peritos forenses que los hermanos tenían en nómina carras