El agotamiento de Sebastian era absoluto. Llevaba tres días durmiendo apenas un par de horas, refugiándose en el gimnasio privado de su mansión de madrugada, golpeando el saco de boxeo hasta que los nudillos le sangraban. Cualquier cosa era mejor que cerrar los ojos y ver el rostro de Cassandra apuntándole con un arma, o escuchar los gritos histéricos de Eleanor resonando en los pasillos vacíos de su hogar.
Aquella mañana, el calendario corporativo no le dio tregua. Tenía que asistir personalme