El silencio de la mansión Westminster siempre había sido sofocante, pero esa madrugada se sentía como una auténtica tumba.
Sebastian estaba de pie frente al inmenso ventanal de su despacho privado, con la corbata aflojada y el saco del esmoquin tirado descuidadamente sobre uno de los sillones de cuero. En su mano derecha sostenía un vaso de cristal tallado con dos dedos de whisky escocés puro, pero el alcohol no estaba haciendo efecto. Su mente era un torbellino de imágenes fragmentadas: el cañ