El pitido de rechazo en el terminal del hotel aún resonaba en la mente de Cassandra como una bofetada. Con el pecho agitado, la mirada empañada por la furia impotente y tras confirmar en la pantalla de su teléfono el cruel mensaje con el que Sandro le demostraba que habían congelado hasta el último centavo de sus propias cuentas, comprendió la cruda realidad. No tenía dinero, no tenía a dónde huir y, sobre todo, no podía arriesgar la vida ni la estabilidad de Samantha y Jordan arrastrándolos a