—Señor Westminster —habló Alexander, con una cortesía gélida que resultaba mil veces más aterradora que los gritos de Sandro—. Entiendo que la gala puede resultar abrumadora, pero le sugiero encarecidamente que no vuelva a acercarse a mi hermana menor. Si su mano vuelve a tocarla, le aseguro que se la enviaré a su esposa en una caja de regalo. Ahora, levántese y lárguese de mi casa.
Sebastian se puso de pie lentamente, sacudiéndose los restos de cristal del traje. Su orgullo estaba herido, su m