Bruce entró en mi habitación y se quedó estupefacto ante el desorden.
Tras interrogar a los sirvientes, descubrió que las otras mujeres habían saqueado mi ropa y mis joyas.
Levantó del suelo la foto de nuestra boda, pisoteada y sucia.
Era aquella tomada en la playa: yo reía, acurrucada contra su pecho, rebosante de dicha.
Ahora, en mis ojos solo queda tristeza.
Apretó el retrato; en su mirada bullían emociones encontradas.
—¡Guau, qué lindo este vestido!
—El collar también es precioso.
—¡Y el an