La sala ejecutiva del piso veinte estaba bañada por la luz del sol que se colaba entre las persianas de madera. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con la tensión palpable entre padre e hijo.
Alberto Sinisterra observaba su tablet con una sonrisa difícil de disimular. Frente a él, en la gran mesa de roble, los informes financieros del último mes mostraban una recuperación sorpresiva. Los números empezaban a subir. La empresa parecía resucitar lentamente, y todo gracias a u