Bárbara se levantó del sillón de la biblioteca y caminó lentamente hacia una de las ventanas. La cortina dejaba entrar una suave luz dorada de la tarde, y por un instante pareció perderse en el paisaje. Alanna, sentada aún en el sofá, la miraba con atención, notando cómo sus hombros se tensaban ligeramente, como si estuviera conteniendo una emoción que no sabía cómo expresar.
—Alanna… —dijo Bárbara al fin, sin volverse aún—. Sé que no soy la persona perfecta. Ni tampoco lo fue tu padre. Pero ha