Laura
Los días siguientes se volvieron una mezcla extraña entre la rutina forzada y la tensión acumulada. En Santa Mónica normalmente se respiraba paz en cada uno de sus pasillos, pero en ese momento, el eco de botas, radios y voces masculinas dificultaba llevar una vida tranquila.
Los oficiales casi no hablaban, pero su sola presencia alteraba a muchas. A veces, también a mí.
Me repetía mentalmente que estaban allí para protegernos y también a él, a Gómez, el testigo que podría convertirse en