La oficina de Joaquín estaba en silencio, roto solo por el suave tintineo de los dedos de Val sobre la tableta y el ocasional crujir del papel que Joaquín intentaba leer sin éxito. Llevaba más de una hora sentado detrás de su escritorio, con los documentos esparcidos frente a él como un recordatorio de todas las responsabilidades que no podía cumplir. Pero su mente no estaba allí. Su mente estaba en la pista, en el auto, en la carrera que se escapaba entre sus dedos como arena fina. Su mente es