La tarde caía sobre la ciudad como un manto de oro líquido. El sol se escondía lentamente detrás de los edificios, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas que se reflejaban en los vidrios de los rascacielos. Luna salió del edificio donde había visto el taller de Joaquín, con el corazón latiéndole con fuerza y una sonrisa de triunfo en los labios. El aire fresco de la tarde le pegó en el rostro, moviendo su cabello suelto, pero ni siquiera la brisa podía apagar la euforia que sentía. Habí